Orígenes que dejan huella: los hermanos Rodríguez nunca se pacificarán

Jorge Rodríguez nació el 9 de noviembre de 1965 y su hermana Delcy el 18 de mayo de 1969 (es decir, llegó al mundo 63 días antes de que el hombre llegara a la Luna). Jorge arribó en tiempos del adeco Raúl Leoni; Delcy, en los del socialcristiano Rafael Caldera, justo cuando este lanzaba su política de pacificación dirigida a incorporar a los alzados en armas al juego democrático. En el empeño revolucionario habitaba el padre de los Rodríguez, Jorge Antonio, quien acaba de ser invocado por su hija ―49 años, cinco meses y diez días después de su asesinato― al ser juramentada como presidenta interina de un gobierno interino

SEBASTIÁN DE LA NUEZ

Lo fundamental en esta historia es el tiempo, que suele dar vueltas sobre sí mismo, y su génesis, el MIR o Movimiento de Izquierda Revolucionario. Los titulares de hoy no son sino una versión desleída de los acontecimientos y las pasiones de ayer. El partido MIR ha sido un semillero de chavistas, aun cuando se haya dividido y subdividido tantas veces a lo largo y ancho del tiempo que su nombre casi se ha difuminado. Su luz ―o su sombra, según se mire― llega a estos hermanos que hoy son el Yin y el Yang de la política venezolana, dos fuerzas opuestas pero a la vez complementarias. Rafael Caldera puso, en efecto, la política de pacificación sobre la mesa democrática mientras Delcy sacudía con fuerza los barrotes de su cuna en algún lugar de Caracas. Su papá, desdeñando la apertura del recién instalado gobierno, decidió insistir desde el frente occidental guerrillero del cual formaba parte. Cuando llegaba a Caracas, se enconchaba por lo general en el apartamento de un canario que quería independizar a sus islas del yugo español (esta historia, además del tiempo y del partido revolucionario, está marcada por la tozudez de los libertarios más o menos iluminados). Jorge Antonio creaba por ese entonces Liga Socialista, que tenía un brazo armado, OR, Organización de Revolucionarios.

Dejaba atrás al MIR. El MIR, sin embargo, no fue pan de horno: fue una cantera de gente valiosa fundada el 9 de abril de 1960 que creyó ciegamente en una revolución destinada al fracaso. Rómulo Betancourt se los advirtió con aquello del arroz con pollo sin pollo. Otro dirigente adeco, Octavio Lepage, le diría al periodista Javier Conde (La conjura final, Editorial Alfa, 2012), hablando de las rupturas que había sufrido Acción Democrática: «La división del MEP fue mayor, pero desde el punto de vista generacional fue mucho más seria la del MIR porque AD perdió su generación de relevo, la generación que se había fogueado en la resistencia, la que estaba en actitud de sustituir a los viejos cuadros de dirección. Cuando ellos se marchan, empezó a formarse aceleradamente a unos nuevos dirigentes juveniles, pero nunca con la experiencia que habían logrado estos muchachos».

Jorge Rodríguez padre se benefició de esa compañía, llegó desde Barquisimeto para asimilar esa experiencia, haciendo parte de un grupo con los mejores cuadros, mucho más dispuesto a sembrar la revolución que AD, tolda que desde el ámbito estatal se llevaba tan bien con Rockefeller y los demás yanquis.

Había gente que, desde fuera, apoyaba al MIR. Por ejemplo, un economista que trabajaba como auditor en algunas empresas, canario que representaba al MPAIAC en Venezuela. El MPAIAC fue un movimiento independentista canario que nunca alcanzó influencia en sus propias tierras pero, a cambio, causó bastante daño: fue uno de los factores principales del mayor desastre de aviones del que se tenga noticia: sucedió en el aeropuerto Los Rodeos de Tenerife en marzo de 1977. El individuo del MPAIAC en Caracas, José Enrique Estrada, era muy reservado, amigo íntegro y fiel de Jorge Antonio. Lo escondió en su casa, un apartamento en la calle Las Flores de Sabana Grande. Fue su concha habitual. Otro mirista, Héctor Pérez Marcano (en la foto), se albergó clandestinamente en el mismo apartamento, varios años. Y es el Macho Héctor quien cuenta esta historia.

Hace años lo vi por la calle, a Estrada, lo que quiere decir que se quedó para siempre en Venezuela. Era un colaborador clandestino del MIR. Yo estaba en el frente guerrillero con Gabriel Puerta Aponte, Américo Silva y Carlos Betancourt… ¡Era un disparate! ¡No había ni un campesino en El Bachiller! Fusionamos hombres y armas con el frente de oriente, que estaba en mejores condiciones.

 

EL BUEN SAMARITANO

El apartamento de Estrada lo visitaba frecuentemente Jorge Antonio. Cuando en 1965 se disponía Héctor a viajar a Argelia, Estrada le dio una carta para que se la entregara al líder de su movimiento, Antonio Cubillo Ferreira. En efecto, se encontraron en Argel, se tomaron un café y le entregó la carta; más nada. Era 1965, Héctor había sido comisionado para participar en los preparativos de la primera conferencia tricontinental, a celebrarse en enero del 66. América Latina, África y Europa. Detrás de todo estaba Cuba y, detrás de Cuba, la URSS. Había muchos problemas para conformar las delegaciones porque en ese entonces los partidos comunistas latinoamericanos se habían dividido, unos eran prochinos y otros prosoviéticos. Héctor trabajaba en la conformación de las delegaciones nacionales. Narró que andaba un poco azorado con todo aquello.

Narró que, en el caso del Perú, no hubo problema: «Se dividió muy bien, fundaron un movimiento guerrillero bajo el liderazgo de Luis de la Fuente Uceda, quien murió en la refriega. Era algo así como el Domingo Alberto Rangel del Perú». Narró muchas otras cosas pero no caben aquí. Lo importante ―en esta historia― es Jorge Antonio y su huella.
Ésta indica camaradería, arrojo y ciertas dosis de cabezonería; se encargó de todo cuando Héctor bajó de la guerrilla (son sus propias palabras; es decir, bajó del monte). Le consiguió la concha de Estrada. Le llevaba los mensajes del frente y llevaba los suyos a la dirección o donde fuese preciso: no fallaba. Nunca le falló.

El MIR sufrió una división importante tras la elección de Rafael Caldera en el 68, cuando, al asumir la Presidencia, anuncia su Política de Pacificación. Ofrece a los grupos armados la vuelta a la legalidad, recuperando sus derechos democráticos sin amenaza deretaliación. En el 69 estaba, por un lado, la guerrilla de occidente comandada por Douglas Bravo, que ya se había planteado el retorno. Se estaba desmovilizando el frente guerrillero «Simón Bolívar» de Lara, que había sido comandado en algún momento por Argimiro Gabaldón. Ese frente, que lo controlaba el Partido Comunista (PCV), era desmontado; y, por otro lado, el frente del cerro El Bachiller, donde fungían como comandantes Moisés Moleiro, Fernando Soto Rojas, Eduardo Ortiz Bucarán y el propio Héctor Pérez Marcano; más el frente de oriente, comandado por Carlos Betancourt, Gabriel Puerta Aponte y Américo Silva (que murió en combate). De modo que en el MIR un grupo estaba bien convencido del fracaso de la lucha armada cuando se anuncia la política de pacificación. Pero no todo el MIR estaba convencido:

Los que estábamos de acuerdo con la política de pacificación de Caldera, de una parte, y dos grupos dentro del partido que consideraban que sí había que continuar la lucha armada; pero esos dos grupos, entre sí, mantenían divergencias serias: de ahí nacen, entonces, Bandera Roja y OR, de modo que el MIR se divide en tres pedazos: los que retornan a la vida legal, Bandera Roja y Organización de Revolucionarios, brazo armado de otra organización que perdurará: Liga Socialista.

Liga Socialista será dirigida por Julio Escalona y Escalona será en su día, bajo el paraguas chavista, embajador alterno ante Naciones Unidas. El periodo chavista se llenó de exmiristas en diferentes posiciones; Lino Martínez, Escalona y Soto Rojas serán los representantes más importantes de aquello que alguna vez fue el MIR fundado en 1960. Soto Rojas fue presidente de la Asamblea Nacional antes, incluso, que Diosdado Cabello. En la Liga Socialista militaron, entre otros, Nicolás Maduro y Elías Jaua. Quienes se dedicaron a reconstruir el MIR originario fueron Américo Martín, Moisés Moleiro, Rómulo Henríquez, Simón Sáez Mérida, Lino Martínez y el Macho. Un partido casi destruido por las escisiones pudo rehacerse, poco a poco, logrando recuperar su vigor desde la legalidad. Por primera vez derrotó al MAS en la dirección de la Federación de Centros Universitarios de la Universidad Central, con la candidatura de Eduardo Semtei. Además, abarcó todas las federaciones en Guayana, hasta el punto de ganar las elecciones de Sutiss, el sindicato de los trabajadores siderúrgicos. Tenía influencia también en el sector petrolero del Zulia. El partido crecía. En el 73, con Américo Martín a la cabeza, tuvo una buena figuración en las elecciones nacionales. Sacó un parlamentario. En el 78, cuatro diputados. Ese año hubo cuatro opciones por la izquierda: Américo, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Héctor Mujica y José Vicente Rangel. Pero entonces se gestaba una nueva divergencia: Américo, por un lado, y el otro sector liderado por Moisés Moleiro y el propio Héctor. El primero quería olvidar el marxismo- leninismo. Los segundos, no. Entonces habría de surgir el MIR-Américo y el MIR- Moleiro. Se luchó por la legalidad ante el Consejo Supremo Electoral: los símbolos, el nombre: el asunto llegó a la Corte Suprema de Justicia y allí se produjo un dictamen a favor del MIR-Moleiro. Eso fue ya en 1986.

De modo que allí se consagró la división, pues entonces Américo, junto con otros dirigentes, fundó Nueva Alternativa, opción a la cual se sumó gente que venía del PCV, como por ejemplo Guillermo García Ponce, y otros que habían sido de URD. Aunque la decisión del TSJ fue en el 86, ya los del bando de Américo habían participado en 1983 como Nueva Alternativa. El excomunista Eduardo Machado también estuvo en ese ventetú de Américo. En 1988, el MIR que se quedó con los símbolos y el nombre decidió fusionarse con el MAS bajo el paraguas de la candidatura de Teodoro Petkoff. Ahí terminó su aventura a través de la Venezuela democrática.

El MIR dio de todo, en todas las circunstancias. Algunos de los dirigentes que había cobijado o formado en su seno se involucraron, por ejemplo, en un secuestro. La OR fue una organización que se gestó en medio de la escisión del 69, el año en que nació Delcy, el año en que asume la Presidencia el doctor Rafael Caldera, el año del aterrizaje del hombre en la Luna. Hay gente que jamás aterriza. La Liga Socialista la dirigía Jorge Antonio, y la OR, Julio Escalona. La OR era el brazo armado de la Liga. A Jorge Antonio lo torturan hasta la muerte en tiempos en que Octavio Lepage se desempeña como ministro del Interior, es julio de 1976 y Carlos Andrés Pérez lleva dos años de mandato constitucional; la oferta de Rafael Caldera a los grupos en rebelión ha pasado de largo. Jorge Antonio fue un dirigente importante dentro del MIR, dominaba el sector juvenil junto a Escalona; solo que al final se quedó en el lado de los más radicales: allí estaban, además de Escalona y él, un dirigente llamado Carmelo Laborit y otro llamado Marcos Gómez. Jorge Antonio era, en todo caso, un dirigente legal: hasta que lo detienen y lo torturan por el secuestro de William H. Niehous, no habían podido acusarle de nada.

En ese entonces teníamos unos dirigentes en la lucha armada y otros que eran legales. Se sabía que estaban en alguna actividad pero no podían acusarlos de nada en concreto. Yo conocí muy bien a Jorge porque fuimos grandes amigos. Él comenzó su actividad política en Barquisimeto, en el Liceo Lisandro Alvarado. En esa época, Lara era una especie de semillero de dirigentes del MIR. Hacían su pasantía como dirigentes estudiantiles y, después, llegaban a Caracas, entraban en la Universidad… Justamente ese fue el caso de Jorge como dirigente de educación media allá en Lara y luego trasladado a Caracas, primero formando parte de la juventud del Partido Comunista. Cuando se plantea la política de pacificación de Caldera, tuve una entrevista (autorizada por el partido) con el viceministro de Relaciones Interiores para discutir la posición del MIR frente a esa propuesta gubernamental. El vice se llamaba Roberto Palazzi, y su jefe, Lorenzo Fernández. Esa reunión se realizó por intermedio de José Vicente Rangel. Cuando se realiza ya yo había bajado de la montaña. Jorge no asistió pero sí me acompañó después al frente guerrillero, para informarle a la dirección. Durante el viaje discutimos sobre las propuestas oficiales, pero él seguía siendo enemigo de regresar a la legalidad. Llegamos a discutir, sí, pero en buenos términos. Éramos amigos. Así que llegamos, subimos y explicamos. Se abrió una gran discusión.¿Cuánto habrá durado ese viaje en carro desde Caracas a oriente? ¿Jorge Antonio, en su empecinamiento, tal vez por un momento se vio en la legalidad, pensó en su esposa y en sus dos hijos mientras viajaba? ¿Lo asaltó alguna duda? «Jorge», dijo Héctor, «siempre tuvo una gran vinculación con la lucha armada, lo que pasa es que era sumamente hábil. Aun cuando el gobierno sospechara, no tenía pruebas de nada». No tenían pruebas de nada pero, aun así, lo detuvieron en julio del 76. Se van a cumplir cincuenta años en 2026.

Aquella discusión del 69 se desparramó de inmediato por todo el partido y finalmente condujo a la formación de tres pedazos. Cuando mataron a Jorge Antonio, el Macho se encontraba en Libia, adonde había asistido por una conferencia internacional a la que había convocado Muamar el Gadafi, sobre la lucha de los pueblos contra toda forma de discriminación racial. Era un parapeto montado para apoyar el antisionismo. Héctor no sabe si efectivamente Jorge Antonio estuvo involucrado en el secuestro del industrial William Frank Niehous, presidente de la transnacional del vidrio OwensIllinois. El secuestro, en todo caso, nunca fue una opción desdeñada por la sublevación armada: allí están los casos del doctor Julio Iribarren Borges (era presidente del Seguro Social), del coronel Michael Smollen y del futbolista Alfredo Di Stéfano. Pero hay algo que sí asegura el Macho: «La OR había secuestrado a Niehous. Entonces, algo debía saber Jorge.»

El industrial norteamericano estuvo secuestrado durante tres años y cuatro meses. El primer nombre que sale es Salom Mesa Espinosa, «un hombre de grandes méritos y gran luchador», según expresa Lepage en La conjura final. Había sido el organizador de la fuga del mártir adeco Alberto Carnevalli del Puesto de Socorro de Salas, donde se hallaba detenido durante la dictadura perezjimenista.

El segundo nombre en torno al caso es David Nieves, cercano a Jorge Antonio en la Liga Socialista. El tercero es un diputado de URD, Fortunato Herrera, quien al parecer apenas juega el papel del clásico «hablador de pistoladas» y cae por ello. El otro nombre, Jorge Antonio. La única víctima fatal del caso. Lo primero que hizo Lepage, al enterarse del suceso, según relató a Javier Conde, fue llamar al fiscal José Ramón Medina y ponerlo en autos delante del propio director de la Disip. «Yo ni siquiera sabía que estaba preso (…). Fue una brutalidad de la policía. No me pidieron permiso, no me alertaron», dijo. Agregó que, si le hubiesen informado, él, con su criterio político, sabiendo que Rodríguez era secretario de un partido y había presidido la FCU, les hubiese preguntado en qué fundamentaban ellos sus sospechas.

 

LOS HERMANOS «SICOPÁTICOS»

En estos días de principios de 2026, en la Asamblea Nacional, sus hijos protagonizaron una liturgia del poder, frente a frente, bajo la mirada atenta del viejo Fernando Soto Rojas, quien acaso habrá recordado, en flashbacks, aquellos días en el cerro El Bachiller cuando creía que el triunfo revolucionario estaba a la vuelta de la esquina. En ese cerro fue donde mataron a su hermano Víctor Manuel al ser arrojado desde un helicóptero en pleno vuelo (o al menos eso cuenta la leyenda). En Soto Rojas y los hermanos Rodríguez debe haber un resentimiento compartido: estarán eternamente unidos por ese lazo luctuoso. Hasta los 102 años vivió Rosa de Soto, la madre de Fernando fallecida en 2010. Durante todos esos años que median entre el 22 de julio de 1964 y ese día de 2010 en que finalmente expiró, vio Fernando en Rosa el suspiro del tormento.

Un familiar cercano lo ha contado. Toda una vida y una sola tragedia infinita,arrasador. La tronera en el alma que deja para una madre la pérdida de su hijo y más todavía de esa manera. Fernando, Jorge Jesús y Delcy Eloína, a pesar de la tremenda diferencia de edades, comparten ese telón de fondo. El tiempo puede ser una serpiente que se muerde la cola.

Durante la ceremonia, el nombre de Jorge Antonio Rodríguez fue invocado junto al de Simón Bolívar y Hugo Rafael Chávez Frías. Quien juramentaba a la presidenta perdió a su padre a sus 10 años, cuatro meses y 16 días; la juramentada, a los 7 años, dos meses y siete días. Nicolás Maduro Moros estuvo representado por su hijo, Nicolasito, formando una suerte de santísima trilogía con los hermanos alrededor del atril donde reposaba un ejemplar de la Constitución vigente. Delcy Eloína, vestida de verde esperanza, bajó su mano izquierda ―con la cual había comenzado el acto― para levantar la derecha y explicar que acudía a la cita con gran dolor por el sufrimiento que se le ha causado al pueblo venezolano luego de «una agresión militar ilegítima contra nuestra patria». También su dolor se debía, agregó, a los dos héroes que habían sido secuestrados.

Juró, parafraseando al Hugo Chávez del 99 en el mismo hemiciclo, que no daría descanso ni a su brazo ni a su alma hasta ver a su país «en el destino que le corresponde». Poco antes, una diputada llamada Génesis Garvett había anunciado que aquel acto ―la juramentación de la presidenta y la instalación del nuevo periodo legislativo― sería un acontecimiento que habría de cambiar el curso de la Humanidad. Un representante de la oposición pidió con vehemencia la liberación de todos los presos políticos. Otro, chavista, recordó que solo 48 horas antes se habían perdido un montón de vidas. «Esta herida no la vamos a olvidar, mientras esto ocurre nos corresponde actuar con pragmatismo nacionalista».

Si se trata de pragmatismo, ese es el departamento de los hermanos Rodríguez. Para estos no habrá derrota ni vacilación ni duda alguna: el «hermano y amigo» Nicolás Maduro Moros es el presidente de verdad-verdad. Los hermanos Rodríguez se ven más juntos que nunca y esa actitud de entrañable y entusiasta hermandad engorda con el correr de los días. Siempre han actuado de común acuerdo. La periodista Ibéyise Pacheco, quien escribió un libro titulado Los hermanos siniestros, se sabe de carretilla el cuento de la pelea entre Hugo Chávez y Delcy Eloína en el avión presidencial que traía de vuelta a la comitiva luego de una caótica agenda en Moscú. Que sí, que ella mantiene confidentes y algunos fueron testigos del zipizape. Delcy Eloína había entrado al círculo presidencial gracias a Jorge Jesús, y este a su vez bajo la sombrilla de José Vicente Rangel. La periodista Pacheco afirma que los Rodríguez no son solo pragmáticos sino eso exactamente que da título a su libro, siniestros, ya que planifican la obtención y el manejo del poder a costa de lo que sea. «Siempre actuó Jorge bajo el ala protectora de José Vicente Rangel, que fue como su padre putativo (…); ella es más resentida que él. Jorge es más desenfadado, ella es más amargadita: hay una entrevista con JVR en la que confiesa que el objetivo principal de su vida es vengar la muerte del padre, y que ella lo que hace es odiar».

Pacheco les ha seguido el rastro. Y sí, coincide, es gente brillante y tozuda. Es decir, sabe perseverar. Recuerda los gustos de Jorge: los lujos, los relojes, el whisky. Hasta hace poco las comidas que hacía en su casa eran pantagruélicas. Pacheco los conoce desde hace tiempo. No le cabe duda: los vio exultantes en la Asamblea el día 5 de enero. Porque habían logrado lo que deseaban. Juntos siempre, tan temprano como en el tiempo de aquellas reuniones del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa en el edificio del Ateneo de Caracas, en Plaza Morelos. Antes del poder, cuando eran nadie o poca cosa. Había un profesor de origen argentino, excelente persona, magnífico docente, especializado en Derecho Laboral: Francisco Iturraspe. Derecho Laboral era precisamente lo que estudiaba Delcy Eloína a principios de este siglo en la Universidad Central. El sindicato se hallaba enfrascado en una discusión contractual algo complicada, se avecinaban cambios «de paradigma» ―así se decía entonces― en la contratación del diario El Nacional. La empresa usaba sus recursos. Francisco Iturraspe quiso colaborar con el SNTP y envió en calidad de pasantes a tres de sus estudiantes para que asistieran en directo a las sesiones, ya que así podrían aprender y, a la vez, hacer aportes. Uno de ellos fue Delcy. Delcy, estrenando sobre el terreno su iniciativa y asertividad, ya que las discusiones estaban tan tensas propuso llevar a su hermano Jorge por su condición de siquiatra, para que tuvieran los delegados laborales mejores herramientas para lograr sus exigencias y exponer sus alegatos. El profesor León Arismendi era asesor del sindicato y se mostró de acuerdo. De modo que Jorge Jesús llegó a la sala del Ateneo de Caracas una

tarde. Los delegados empresariales se habían retirado. Ya eran tiempos chavistas pero Jorge no detentaba cargo alguno. Llegó y le dio un empujón en el hombro a Ana Díaz, una delegada laboral de la Redacción del periódico; casi la tumba de la silla. Le preguntó: «¿Te gustó?» Por supuesto, la aludida respondió que no, y Jorge Jesús, a partir de ahí, desarrolló el principio de la provocación: en ese tipo de discusiones, dijo, hay que salir primero con acciones provocadoras; así sacas del juego a la otra parte. Una manera de sembrar desconcierto, de manejar las emociones a favor de uno.

El secretario general del SNTP por entonces, Gregorio Salazar, estaba presente y recuerda la siguiente vez que vio a Delcy Eloína: en el matrimonio del profesor Iturraspe con Luisa Rangel, una de las hijas del viejo dirigente comunista Domingo Alberto Rangel. Salazar dice que «Iturraspe le metía a lo estrambótico» pues eligió como padrinos a Carlos Andrés Pérez (quien recién salía de la cárcel), a Luis Anderson (secretario general de la Organización Internacional del Trabajo) y a él. Al final del ágape, Delcy le dio la cola en su automóvil. Lo que recuerda Salazar es que puso un casete de Alí Primera durante todo el trayecto hasta dejarlo cerca de su casa.

La tercera vez que la vio fue en el despacho del entonces alcalde, su hermano. Ella no tenía cargo alguno, aparentemente, pero allí estaba, a la vera de Jorge Jesús. Jorge Jesús trató a los directivos del sindicato que habían acudido a solicitar un permiso con suma deferencia y cordialidad. Los gremialistas deseaban marchar, el siguiente 27 de junio (día del periodista) hasta el centro de la ciudad. Muy amable y todo pero se los negó. Solo podrían marchar desde la plaza Brión, en Chacaíto, hasta la sede del sindicato en la avenida Andrés Bello.

Ahora circulan comentarios en redes sociales o boca a boca sobre la vertiginosa carrera ―a partir de cierto momento, con Maduro― de ambos. Sobre todo acerca de Delcy Eloína, según dicen sumamente atareada en seleccionar trajes de marca italiana para su próxima reunión, sea en Catar, Washington o Caracas. Vive en la Octava Transversal de Altamira, cruce con Tercera Avenida. Alguna vecina de Los Palos Grandes los llama los hermanos sicopáticos. Hay gente que hace unos días se quejaba porque las tanquetas que la protegen llegaban hasta la Clínica Ávila. ¿Dónde están los límites entre la verdad y lo fake, a estas alturas? Se dicen cosas, es gratuito decirlas al menos fuera del país o entre paredes bien gruesas, si se trata de Venezuela. Por ejemplo, sobre la donación de 500 mil dólares, a través de Citgo, a la última ―por ahora― campaña electoral de Donald Trump. El más común de los adjetivos que utilizan los venezolanos para caracterizar a la pareja es «perversa». Durante la alocución de Jorge Jesús en la Asamblea Nacional no hubo perversidad, solo una elocuencia ligeramente agresiva. El hombre admite que a veces es intemperante. Tampoco dará su brazo a torcer. Ni dará descanso a su alma hasta llevar a Venezuela por el rumbo debido: es decir, aquel por el que ha transitado durante los últimos quince años, hasta llegar a la emergencia humanitaria compleja.

En esta historia de tiempos que transcurren en círculo y se muerden la cola, ¿no hay ya demasiada gente que se niega a que le tuerzan el brazo? ¿No será hora, más bien, de que alguien deje que le metan una buena torcedura del brazo, una que escarmiente a cualquier paisano de una buena vez y desaloje de su cabeza la idea de que el resentimiento sirve para algo?

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