19 May Las democracias liberales atraviesan un mal momento
Pierre Rigoulot es historiador, ensayista y doctor en Ciencias Políticas, especializado en la historia de los regímenes comunistas. Es redactor en jefe de la revista trimestral Histoire et Liberté y director del Instituto de Historia Social, en París. Su último libro, Cuando Putin se cree Stalin, escrito junto a Florence Grandsenne, explora los paralelismos entre ambos líderes. También colaboró en la obra colectiva El libro negro del comunismo. Es un especialista reconocido en Corea del Norte y ha publicado, entre otras obras, Corea del Norte, Estado canalla y Para acabar con Corea del Norte. Este es el texto de una conferencia que dio en la Casa de la América Latina, en París
PIERRE RIGOULOT
Una breve estancia en Venezuela durante la era de Chávez, mi amistad con Paula Vásquez ―que ha publicado varios artículos en Histoire & Liberté―, algunos viajes a Cuba o mi biografía de Guevara publicada por Larousse no me dan la legitimidad necesaria para intentar un diagnóstico del régimen político venezolano. Pero aportaré mi granito de arena a la reflexión sobre la naturaleza del régimen venezolano preguntándome si la «grille» de lectura articulada en torno a la oposición entre totalitarismo y democracia liberal puede permitirnos ver las cosas un poco más claras. Venezuela no puede reducirse a uno de los modelos que nos proponemos examinar: dictadura, totalitarismo, democracia liberal…; añadiré una dificultad a la dificultad: ¡los modelos en cuestión no siempre son realmente fiables! ¿Cuál es el valor de esta lámpara que podemos encender sobre Venezuela? ¿Y cómo podría ayudarle a usted, que conoce Venezuela mucho mejor que yo, a hacer un diagnóstico de este cuerpo enfermo y de las enfermedades que padece? ¿Qué es un Estado totalitario?
No es tan útil como uno podría pensar dar una respuesta como podría hacerse después de haber consultado un diccionario. Reconocer una realidad a través de una definición previa delo que los sociólogos llaman «un tipo ideal», fuera de cualquier contexto social, histórico y cultural, no siempre es de gran utilidad. En el pasado, los Estados podían pretender ser totalitarios cuando eran más dictatoriales que otra cosa, como lo sugiere el trabajo de los últimos historiadores de la Italia de Mussolini, Pierre Milza y el excepcional Maurizio Serra. Otros pudieron hacerse pasar por democráticos cuando en realidad eran totalitarios y así beneficiarse de la ayuda material, ideológica, diplomática y política de los dirigentes de las democracias liberales. Lo vimos, durante la Guerra Civil española, cuando la URSS fue presentada como perteneciente al mundo democrático en favor de la República y del antifascismo. Lo vimos también durante el violento enfrentamiento que libraron conjuntamente la URSS y las democracias liberales de Occidente contra la Alemania nazi entre 1941 y 1945. La exhibición ideológica de la Unión Soviética en favor de la democracia y del antifascismo le permitió ocultar la similitud de su régimen y el del Estado que la atacaba después de haber sido su principal aliado entre 1939 y 1941.
¿Cuál era entonces la naturaleza de estos dos regímenes? La filósofa Hannah Arendt los designó sin ambigüedades como totalitarios, lo que no quiere decir que fueran severamente dictatoriales sino de una naturaleza distinta a las dictaduras: eran, repito, totalitarios, es decir regímenes donde el Estado controla todos los sectores de la vida política, económica, social y administrativa en nombre de una comunidad unida centrada en la puesta en práctica de una concepción del mundo supuestamente bien establecida. Una comunidad unida y la adhesión a una ideología presentada como incontestable y que debe ser implementada son dos características esenciales del totalitarismo.
Comunidad unida. En tal marco, cualquier punto de vista particular o de un
individuo es rechazado por el Estado. El individuo es una mancha
lamentable en el paisaje político y cultural del Estado totalitario. No es, por
tanto, una dictadura, aunque sea mentirosa, horrible y sangrienta. El
totalitarismo no es más violencia y más sangre que una dictadura. Es el
triunfo de una ideología en la que el individuo no cuenta.
Sin duda, en nombre de esta ideología que pretende estar bien fundada, incluso ser científica, y para asegurar su triunfo, dirige un líder incontestable. Como en una dictadura. Y como en una dictadura, el líder en cuestión no pone en juego su poder a través de elecciones normales. Es el jefe de un partido único, que tiene las riendas del Estado. Aspira a su grandeza y a su poder para hacer triunfar los grandes referentes dentro y fuera del país (la raza, el sentido de la historia, por ejemplo). Los ciudadanos del país están sujetos a la disciplina que surge de esta ideología y de estas ambiciones. Pero el totalitarismo no exige simplemente el silencio de los adversarios, como suele hacer una dictadura: quiere construir un «hombre nuevo» controlando y dirigiendo totalmente su formación moral, intelectual y política. No quiere solo un ciudadano sumiso o indiferente, sino un elemento activo, incluso entusiasta, en todo caso completamente entregado al poder totalitario.
Este activismo, esta aspiración de derrocar el viejo mundo y la inestabilidad institucional que de ello resulta, son también características del Estado totalitario. La ideología está en parte vinculada a la naturaleza totalitaria de este Estado. Por lo tanto, no se puede impugnar. «Juche», la mezcla nacionalista y socialista promovida por la dinastía Kim en Corea del Norte, por ejemplo, es intocable: la mínima sospecha de un posible desafío a la corrección de la línea del partido y a la palabra de su líder podría llevar en la URSS estalinista a la ejecución o a una larga estancia en el gulag o, en la China maoísta, al laogai [significa «reforma por el trabajo», que se traduce habitualmente por «reeducación por el trabajo»; es el lema del sistema de justicia chino y se usa para referirse al uso de los trabajos forzosos en las prisiones de la República Popular China y, por extensión, a los lugares donde ocurre. Se estima que de 1955 a 2005 más de 50 millones de personas pasaron por los campos de Laogai.] El «Juche», la devoción a la Unión Soviética o al horizonte dibujado por el Partido Comunista Chino, se presenta como otros tantos caminos hacia un futuro radiante; en realidad, los únicos posibles. Estamos aquí en un registro muy maniqueo donde la marcha adelante propuesta ―o más bien impuesta― por el Estado totalitario es la clave de su éxito con la población que supervisa. También es normal la represión y eliminación de los opositores al régimen, ya sean internos o externos. El encarcelamiento, la represión violenta o la ejecución de opositores están justificados de antemano. Tomando como fuente a Hegel, el filósofo cuya dialéctica Marx decía haber retomado poniéndola en su lugar justo, los regímenes totalitarios borran los dramas personales, individuales. Están de acuerdo con la Razón y sus oponentes son solo irracionales: «La razón (la realización del Bien universal) no puede», dice Hegel, «permanecer junto a las heridas infligidas a los individuos porque los fines particulares se pierden en el fin universal». En el nacimiento y la muerte, la Razón ve la obra producida por la obra universal del género humano. El mal en sí no es un escándalo que deja sin palabras y hace llorar. «Es solo un paso esencial en el laborioso proceso del nacimiento humano», citando a Alain Finkielkraut. El mal es, pues, soluble en la Historia. Y aunque no sean conscientes de estar a la vanguardia del progreso humano, y aunque lo que realmente les importa es perseverar en su poder, satisfacer sus delirios de omnipotencia y sus intereses financieros, los dirigentes de los Estados totalitarios se comportan como si fueran heraldos, portadores y realizadores de una verdad necesaria de este mundo… Lo que debe ser, es.
La pregunta se plantea legítimamente: ¿estas elecciones, estos viajes, esta
prensa a veces no totalmente dependiente del poder no son, además de un
tributo pagado por el vicio (totalitario) a la virtud (democrática), el mejor medio para establecer un poder totalitario?
Podemos hablar, pues, de amoralidad y no necesariamente de inmoralidad. La defensa egoísta de un mayor poder, privilegios y riqueza de uno o de una camarilla no necesariamente se encuentra dentro del Estado totalitario. El carácter mafioso del poder no caracteriza a los Estados totalitarios. Savonarola, en la Toscana del siglo XV, no sacó provecho personal de su poder, que puedo calificar de totalitario. Y bajo Stalin, no parece que existiera el carácter mafioso del poder. La moral era soluble solo en la ideología, sin pasar por la corrupción. Y la violencia fue vista por primera vez como la partera de la Historia. Los jemeres rojos eran, sin duda, los terribles líderes fanáticos de un Estado totalitario, pero Pol Pot no buscaba el enriquecimiento personal… Las dictaduras y, a veces, incluso ciertos sectores de los sistemas democráticos, también, a través de la mafia o no, han caído en la inmoralidad. No es, pues, desde este ángulo y con este criterio que podremos encontrar pruebas del carácter totalitario o no de un Estado como el de Venezuela.
Hay que reconocer, entonces, que la distinción entre totalitarismo y
dictadura –y a veces también democracia– no es tan clara como podría creerse.
Mencioné, por ejemplo, los modos de represión y de expresión del totalitarismo. Son menos específicos de lo que uno podría pensar. Cuando Arendt citó a la Alemania nazi y a la URSS estalinista como ejemplos de totalitarismo, pudo añadir que desde su nacimiento esos dos Estados se habían equipado con un sistema de campos de concentración. Desde los primeros meses de la revolución soviética, los campos de concentración florecieron en el Mar Blanco y sus alrededores. Inmediatamente después de la llegada de Hitler a la cancillería del Tercer Reich, se abrieron también los primeros campos de concentración. Corea del Norte todavía tiene sus campamentos hoy en día y el laogai chino también prospera. Pero no hay campos en Irán ni en Arabia Saudita, dos Estados totalitarios. No hubo ninguno ni siquiera en la Kampuchea de los jemeres rojos (que hacían cosas peores que encerrar a la gente), pero sí hubo algunos, ciertamente en circunstancias particulares, en ciertas dictaduras clásicas como la España franquista o el Portugal salazarista.
Desde el principio se puede sacar una lección: la democracia liberal (sí, también hay democracias censitarias, democracias populares e incluso democracias socialistas), las dictaduras y las democracias tienen fronteras más porosas de lo que la mera consideración del tipo ideal lleva a creer. Por ejemplo, ¿son suficientes las elecciones para reconocer una democracia? No, desafortunadamente. Para que sean el sello distintivo de una democracia liberal, deben desarrollarse en el marco de un Estado de derecho donde la información, el conocimiento, la ausencia de presiones, el debate respetuoso y la expresión de las opiniones de todos, y obviamente la pluralidad de opciones posibles, sean esenciales. Sin embargo, oponerse al totalitarismo y a la democracia, incluso si nunca se logra del todo, tiene la ventaja de evitar las confusiones que acompañan a los análisis clásicos que oponen derecha e izquierda. ¿Es de derechas, por ejemplo, decidir reformas importantes como el derecho al voto de las mujeres (que el general De Gaulle llevó a cabo en 1944) o el derecho al aborto (bajo el impulso de la ministra centrista Simone Veil)? ¿Es de izquierdas librar una guerra colonial (como la SFIO en Argelia1) o calificar de «acto de resistencia» uno de los peores pogromos de la historia, como hicieron ciertos dirigentes de La Francia Insumisa el día después del 7 de octubre de 2023? La «grille» de lectura TOTALITARISMO VERSUS DEMOCRACIA LIBERAL evita estos riesgos de confusión, aunque no siempre sea fácil de utilizar, mientras que apegarse a la oposición derecha/izquierda siembra confusión. ¿Stalin y Hitler eran de derecha o de izquierda? ¿La masacre de veinte mil soldados polacos con un balazo en la cabeza en 1940 en Katyn y la deportación de sus familias fue de izquierdas o de derechas? Se trataba de mantener a toda costa el poder de un único Estado/partido para el cual el individuo era una categoría insignificante, subordinada; mancha que había que borrar sin problema «si era necesario».
Aunque esta palabra, totalitarismo, fue posteriormente rechazada como arma de la Guerra Fría, hay que reconocer que tiene una cierta lógica: la comunidad representada por el Estado tiene entonces todos los derechos. El individuo no tiene ninguno. El problema es que hoy, aunque Francis Fukuyama se equivocó al anunciar la victoria definitiva de la democracia liberal y el fin de la Historia con la caída del comunismo, tuvo razón al decir que ésta sería reconocida (incluso por sus enemigos) como la mejor forma de gobierno. Se trata, pues, de una versión más estable de la democracia, mejor garante del progreso económico y menos agitada por los conflictos sociales que la China comunista, por ejemplo, pretende ofrecernos hoy, con empresas individuales (sin duda mantenidas dentro del marco que les asigna el Estado) y un derecho a viajar incluso al extranjero del que no se beneficiaban los soviéticos bajo Stalin. Se trata también de una forma de poder popular que Rusia pretende proponer, de ningún modo orientada hacia el colectivismo como en la época de Lenin y Stalin, aceptando elecciones regulares ―salvo que una «agresión» la obligue a tomar medidas especialmente autoritarias― y tolerando el acceso, sin duda limitado, a canales de información que gocen de cierta autonomía.
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Entonces, ¿debemos o no hablar de totalitarismo cuando se trata de los Estados que permiten los viajes a sus ciudadanos y de las iniciativas económicas privadas de estos mismos ciudadanos? Aunque en realidad siguen siendo imposibles de combatir sin peligro, estos Estados están lejos de los totalitarismos modelo de Hitler y Stalin o de Mao; la pregunta se plantea legítimamente: ¿estas elecciones, estos viajes, esta Prensa a veces no totalmente dependiente del poder no son, además de un tributo pagado por el vicio (totalitario) a la virtud (democrática), el mejor medio para establecer un poder totalitario? ¿No es una manera de borrar temas escandalosos, de hacer más ligero el peso de la dominación y de aumentar la confusión de los espíritus entre sus adversarios? ¿La aportación de algunas mejoras para un totalitarismo con una nueva mirada (new look), en definitiva, más difícil de cuestionar? ¿Importa o no al final el carácter totalitario de la China y la Rusia actuales, como la de la Venezuela liderada por Nicolás Maduro (o un sucedáneo de este)? Mafiosos, dictatoriales e incluso totalitarios, estos Estados, ya sean liderados por Xi Jinping, Vladimir Putin, Kim Jong o Nicolás Maduro, escandalizan a cualquier defensor de la libertad individual, a cualquier defensor humanista de la democracia liberal. Hace sufrir a millones de hombres y mujeres y eso nos basta para ayudar, según nuestras posibilidades y la agudeza de nuestros sentimientos de solidaridad, a quienes tienen el coraje de luchar, allí, en favor de los derechos humanos y de la democracia que los acompaña. Y la distinción entre democracia liberal o iliberal, dictadura o totalitarismo, es quizás en última instancia solo un problema fascinante pero teórico que analizaremos más adelante, cuando tengamos tiempo, por ejemplo cuando las democracias liberales hayan superado el muy mal momento que atraviesan actualmente.
NOTA: La Federación Socialista de Argelia, rama de la SFIO francesa fundada en 1908, representó principalmente los intereses de los colonos europeos y tuvo una postura ambivalente sobre la descolonización. Durante la guerra de Argelia, el gobierno de la SFIO (1956) otorgó plenos poderes al ejército para reprimir la insurrección, validando métodos represivos.
FOTO: Carlos Hernández, de su serie Los sobrevivientes de Franklin Masacre, trabajoi realizado en la Penitenciaria General de Venezuela.
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