19 May «Me gustaría ir a Venezuela y ver si, después de este proceso de transformación, puedo aportar allá»
Habla Saúl Vera, quien vive desde hace catorce años en Miami. Esta ciudad, igual que otras en el mundo donde la diáspora venezolana se asienta, se ha convertido en un reducto de artistas criollos consagrados o en vías de consagración. Allí se han reunido músicos, diseñadores, pintores, escritores, actores, guionistas y dramaturgos que han encontrado ―o reencontrado― su público. Lo que hacen tiene eco. Están César Muñoz, músico e investigador cumanés; C4 Trío, con Jorge Glem en primer plano; Nadia Benatar (artista cinética), Félix Suazo (curador y escultor), el escritor Sergio Jablón, la galerista Adriana Meneses, el diseñador y artista plástico Eduardo Orozco, la caricaturista Rayma, el poeta Leonardo Padrón, la violinista Daniela Padrón o el polifacético Edo, entre otros. Saúl Vera ―compositor, pedagogo, virtuoso de la bandola y la mandolina― ha sido sometido a un interrogatorio para volcar aquí su experiencia desde su propia voz. «No hay lengua que permita explicar el desarraigo: solamente quien lo ha vivido lo entiende», dice
MIGUEL GÉNOVA

Decidí ser creador cuando me di cuenta de mi interés por la música de raíz tradicional oral, de la que yo no formaba parte. Encontré que había una total dicotomía entre lo que yo entendía y lo que realmente era. En ese momento me dije que la única manera de hacer eso mío era creando. Porque, de lo contrario, sólo sería un repetidor de cosas. En la defensa de los valores profundos de la sociedad venezolana y la creación de nuevos principios, decidí ser artista porque soy de los que piensa que ser artista depende de los demás, de quienes reciben el mensaje y deciden si tiene o no valor artístico.
Estudiaba Biología y la Facultad de Ciencias de la UCV era un crisol de ideas alrededor de la creación. Oía conversaciones con la chispa y la fuerza de gente de 20 años que está buscando su identidad. Una manera de definir quién era fue cuando me topé con mi principal interés en el ámbito del arte: la música de raíz tradicional de las comunidades. No quiero ser un copiador o un repetidor de cosas. Decido empezar a trabajar pero me doy cuenta de que necesitaba, antes, profundizar más en el estudio para ver los elementos de esa elaboración, porque no puedes crear sobre la nada. Comencé a estudiar a las comunidades de tradición oral y entonces me acerqué a disciplinas como la sociología, la antropología, la etnología.
También me di cuenta de que yo tenía que ir a la esencia de la música, que es la música histórica, porque estos creadores ―que algunos nombran músicos académicos― lo que han hecho es marcar el devenir histórico de la creación musical a través de los sonidos. Empecé a estudiar música formalmente y me di cuenta de que estaba consiguiendo una cantidad de herramientas interesantísimas para la creación. Estudié en las escuelas Juan Manuel Olivares y en la José Lorenzo Llamozas, pero también en cursos extras con maestros y tutores como Gerry Weil y Modesta Bor. Fui muy heterodoxo en la búsqueda de información, quizá porque mi contacto con la música empieza en mi casa, con mi hermano Alberto Vera. Alberto siempre fue un enamorado de la música. Canalizó ese amor especializándose en la reproducción de sonidos para muchos eventos en El Poliedro, el Aula Magna de la UCV, el Festival de Teatro de Oriente que llevaba Kidio España. Alberto era un activador de procesos culturales y creativos, y gracias a él me llega una recopilación que hizo de la música del maestro Anselmo López, el cultor vivo, en aquel momento, más importante de la bandola llanera.
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Era 1973 y quedé fascinado con la bandola de Anselmo López. Alberto me había enseñado a tocar cuatro, y entonces me digo «¡pero ya va, qué es esto, cómo es que tú no conocías ese sonido!» Así que le cambié las cuerdas al cuatro, busqué la afinación y empecé a tocar lo que estaba en las cintas de grabación de 1/4 de pulgada que había recogido Alberto con un aparato checo. Quien termina poniéndome una bandola de verdad en las manos es mi hermano Alberto, y fue cuando dije «esto yo quiero asumirlo en serio».
Habría que decir que aquellas conversaciones que se daban en la Facultad de Ciencias eran posibles porque Venezuela tuvo el privilegio de crear un sistema educacional que diera amplia cabida a las clases populares. Encontramos en la educación un mecanismo de ascenso social y económico, que es una vaina que no ocurre en ningún otro país del planeta. Esto ocurre porque existió ese principio integracionista sólido de la democracia venezolana y de sus instituciones.
Así, por ejemplo, estaba estudiando Composición con una maestra que fue alumna de Aram Khachaturian, Modesta Bor. Es decir, la democracia venezolana me permitió esa herencia: estudiar con una mujer que se graduó, con honores, de compositora en el Conservatorio de Moscú y usar ese conocimiento para reprocesar la expresión de culturas tradicionales que están vinculadas con un instrumento, que a su vez tenía relación con el siglo XVI español. Eso es integración.
Cuando escribí por primera vez un cuarteto clásico de cuerda con violín, viola, chelo y bandola llanera, lo que estaba buscando era que esos elementos se encontraron y eso es fundamental desde el punto de vista del pensamiento libre. Estaba integrando elementos, y en esa fusión estaba generando un discurso de libertad y de integración, valores esenciales de la democracia. Es un discurso libertario que se enfrenta a una dictadura, a un régimen autoritario que le ordena a los artistas estar al servicio de un mandato único, porque son los únicos dueños de la verdad.
Una invitación a Japón, para pasar mes y medio en un intercambio con jóvenes, me hizo parar la etapa final de mis estudios de Biología. Cuando quise retomarlos, mi tutor de tesis en ecología vegetal me preguntó si estaba preparado para hacer una investigación que me iba a tomar por lo menos tres años. Tuve que decidir si seguía por el estudio del bosque seco tropical como un sistema, como un gran concierto orquestal, o empezar a recoger el resultado de lo que había ya comenzado a construir con mi actividad creativa.
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A finales de la década de los 80, las grandes empresas venezolanas entendieron la importancia de la responsabilidad social dentro de una sociedad de libertades. En ese marco buscaron identificarse con el conglomerado diverso que era la nación. En ese momento, Seguros La Previsora cumplía 75 años y su directivo, el ingeniero y destacado gerente de la industria petrolera, Humberto Peñaloza, me contactó y me ofreció hacer un disco donde se contaran 75 años de la música venezolana. A partir de ese trabajo yo me vinculé para trabajar con instituciones porque nunca fui un músico de grandes medios y me asocié más a productos de mayor compromiso artístico.
De ahí en adelante explotó mi actividad creativa. Pude desarrollar mis vínculos y trabajar profesionalmente. Por primera vez, por ejemplo, pude integrar un quinteto de viento de metal y madera a la música venezolana con segmentos para fagot y oboe tocando música venezolana de raíz tradicional, y trabajar en paralelo con el sistema nacional de orquestas donde los muchachos se asombraban de que pudiesen tocar música tradicional con instrumentos clásicos. Fue un reto enorme esa búsqueda de integración. José Antonio Abreu, cada vez que pudo, apoyó mi iniciativa musical, y tuve la fortuna de trabajar con los mejores jóvenes músicos que salían del sistema y querían tocar algo distinto a Beethoven.
«El arte es una forma de resistencia contra las dictaduras que buscan la
uniformidad de los valores sociales para justificar y facilitar su dominio y control sobre la sociedad.»
Comencé a producir música que era recibida por la institucionalidad venezolana, en ese momento muy amplia y de pensamiento múltiple e integracionista y que eran la expresión más clara de la democracia. Por ejemplo, la dirección de difusión cultural de la cancillería era una institución muy democrática, con funcionarios de carrera y sin vinculación partidista abierta. Había un espíritu de formación porque la nación entendió que la política exterior tenía que ser un asunto nacional y no partidista.
Del año 1985 en adelante empecé a sentir el impacto del trabajo que yo hacía. Fue en el concierto como solista en la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, reseñado ampliamente en la prensa nacional; la producción de un disco que causó impacto entre mis colegas, y actuaciones en instituciones en representación del país. Vivo de mi trabajo. Siempre fui educador y parte de la relevancia de mi carrera fue que convertí mi conocimiento alrededor de la bandola en una actividad educativa. Escribí el primer libro de música para bandola llanera que publicó Fundarte en 1993. Con esa compilación sistemática de música para la bandola llanera hice un taller de ejecución instrumental con la Fundación Bigott. También participé en la creación de la cátedra de música venezolana dentro del sistema de orquesta por iniciativa de José Antonio Abreu, pero guiada por el clarinetista venezolano Valdemar Rodríguez.
Cuando llegó el chavismo al poder, me llamaron el día que Hugo Chávez ganó las elecciones para que tocara en una cena en su honor en La Casona, y seguí algunos años iniciales tocando en eventos, como la reunión del grupo de presidentes con César Gaviria y Vicente Fox en el Círculo Militar, o ante el presidente de China donde me dijeron que tenía que tocar música china, así que convertí esas partituras de la música del pueblo del presidente Zemin Yang en una versión para mi ensamble. Cuando yo empiezo a tocar aquella vaina, el tipo se para de la mesa, levanta los brazos, y toda la delegación china que estaba en el segundo piso del Salón Venezuela, empieza a cantar.
En una ocasión empezaron a llamarme con mucha insistencia. Atendí:
―Soy Fulano de Tal, soy el asistente del ministro y te estoy llamando para que vayas a tocar a una fiesta en la casa del ministro.
―Estoy fuera de Caracas ―le respondí―, lamento mucho no poder ir.
―Pero, ¿tú estás entendiendo? Yo te estoy llamando porque es el ministro.
―Sí, sí, creo que usted también está entendiendo que tengo un compromiso profesional que no me permite atender esa invitación. Me di cuenta de que, si yo me negaba a seguir metido en esa lista de artistas, iba a tener consecuencias. Me dije: «Aquí, o yo negocio con estos tipos con los que no quiero negociar para terminar tocando en las fiestas de la claque que está en el poder, y si yo no acepto eso me jodo porque tampoco quiero tocar en los otros espacios más comerciales». Sin quererlo, y sin que lo hubiese buscado, yo estaba adentro de ese sistema y una vez que estabas adentro, salirte tenía consecuencias, te la cobran, porque te convertías en alguien incómodo. Sentí que estaba en peligro porque como creador iba a carecer de independencia y si no hay independencia, no hay libertad. Fue cuando dije: necesito irme de Venezuela. Llegué a Miami en el 2010.
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Aquí me jugué dos cartas muy difíciles: primero, transformarme como creador y, segundo, como ciudadano, para poder adaptarme a una nueva sociedad y ser productivo. En Estados Unidos, si no estás en un proyecto que sea reproducible, sencillamente no sobrevives, porque esto está diseñado para competir y ganar. En ese sentido, me di cuenta de que cualquier producto cultural también debe desarrollar un proceso industrial; si no lo haces así, simplemente no sobrevives. Porque la sociedad necesita que vendas para ampliarte y proponer nuevas cosas.
Me puse a analizar que mi trabajo como intérprete de la bandola llanera debía llegar a obtener un porcentaje del mercado de, por ejemplo, diez millones de personas que pudieran consumir música latinoamericana de raíz tradicional, donde se inserta la bandola llanera.
Pensé: ¿a qué porcentaje de esa torta le puedes llegar, cuál es tu competencia? Y, sobre todo, ¿cuánto necesitas para un proyecto de esta naturaleza, para invertir, competir, trabajar y vivir en esta sociedad? Para lograrlo, me dije que debía buscar un sistema de educación musical que me permitiese generar un producto que fuera siempre necesario y que lo ofreciéramos en intercambio con la comunidad. Tuve la visión de hacer una escuela, basándome en mi experiencia. Hoy en día, trece años después de la fundación de Kalos, ofrezco la escuela para que sea la plataforma de creación y educación. Ofrezco el esfuerzo y la marca a los artistas para crear un sistema de videos con las enseñanzas, una cátedra online y además presencial, mientras se hace un programa de conciertos. En todos estos años hemos visto familias crecer, hemos llegado a la gente y hemos sido testigos de niños y niñas que han llegado al College, e incluso han recibido becas completas en universidades porque salen con un talento musical sólido.
Mi mayor esfuerzo en este momento es lograr el objetivo de la escuela, que está concebida como un ente de servicio educativo para la comunidad, un núcleo de talentos que sirve de plataforma para vincularse con la gente. Es crear lo que acá llaman el network para generar una interacción que es productiva y a la vez creativa. Por ejemplo, recuerdo un guitarrista y compositor venezolano como Pedro Castillo, que está en el ámbito del pop y produce pop de alto consumo en Venezuela, y para quien los diez años de profesor en Kalos significaron uno de los trabajos más efectivos para su red de relaciones en Miami y en Estados Unidos.
Somos un programa eficiente de lo que se llama el After School de nuestra comunidad, pero es que además somos una plataforma para la difusión de valores culturales dentro de la familia de las comunidades que nos rodean. Hacemos una labor de extensión de nuestra actividad educativa a la familia mostrando que el arte venezolano y no venezolano, tiene un mensaje de bellas artes que ilustra a la familia de nuestra comunidad.
En ese sentido, ese es uno de los retos a mantener vivo, y uno de los principios para los cuales se creó Kalos. En estos momentos, la bandola, que es mi actividad creadora, se ha convertido en un vínculo más lejano con lo académico y con mi vivencia de Venezuela. Creo que la mayor resistencia que puedo hacer a la dictadura de Venezuela es seguir comprometido con que mi esfuerzo genere transformación social a través de la educación musical y artística. En cada clase de música va el espíritu de la libertad, de la integración y del respeto al otro. En cada minuto de clase va mi mensaje de esos principios.
Mi sueño sería que la dictadura en Venezuela fuera derrotada y que podamos rehacer las instituciones. Que el proceso de recreación de la democracia se haga sobre bases sólidas, con la garantía de que todos vamos a ser iguales ante la ley. Me gustaría ir a Venezuela a construir y a ver si, después de este proceso de transformación en el que yo he estado, puedo vivir y aportar allá. Regresar a lo que hacía mi hermano Alberto, un activador de procesos culturales.
No hay lengua que permita explicar el desarraigo. Solamente quien lo ha vivido lo entiende. Es como que si te extirparan un órgano vital. Quizás lo puedes decir en mil palabras, pero nada de eso es verdad, porque no se puede describir lo que sientes, lo que es vivir el rigor del desarraigo.
Saúl Vera. Foto cedida por SV.
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