19 May Una noche en Coral Gables con unos cuantos felices bastardos
Julio Tupac Cabello, periodista venezolano, llegó a Miami el 12 de octubre de 2001. Estudió en la Universidad Central de Venezuela, Además de Periodismo, hizo algunos semestres de Letras. Desde temprano le intrigó la narrativa: cómo se estructura un relato, cuál es el drama, cómo se perfilan los personajes. Ha integrado grupos de escritores que escriben para plataformas como HBO, Televisa-Omnivisión y Telemundo. Ha hecho periodismo para revistas, semanarios o suplementos dominicales del estado de Florida. Encuentra en la crónica un nivel de asombro que no le llega a producir la ficción. «A veces es más insólito el hecho real que la ficción», dice. En Venezuela trabajó en El Nacional, TalCual, revista Primicia, El Diario de Caracas. Su cuarto libro publicado, Felices bastardos, puede conseguirse a través de la editorial lulu.com. Está escribiendo una serie de relatos fantásticos: Nosotros los centauros. «Todos somos más particulares y menos normales de lo que creemos», comenta acerca de los personajes que describe, al parecer de dudosa cordura. He aquí extractos de Felices bastardos. Cabello maneja con acuciosa nitidez la descripción de Miami, que resulta más interesante, sutil e intelectualmente ambiciosa de lo que dicta el lugar común
JULIO TUPAC CABELLO
Pasan muchos años antes de saber marcar el mapa. Nave espacial, casa de la casa, transbordador, casa mientras vuelvo a la casa, astronauta, vida sin gravedad, trabajo, mucho trabajo, otro trabajo, lejos, todo está lejos, a ninguna parte termino de llegar, manejo, manejo y manejo, manejo hasta llorar, manejo tanto que me empieza a gustar, invento dinámicas en el carro; hablo, me educo, crío a mis hijos mientras manejo, parques, muchos parques, lugares para caminar, infinitos lugares, bosques, playas, pantanos, mosquitos y huracanes, huracanes siempre, amenazando, vengan o no vengan, ahí están los huracanes, en la historia, en la historia reciente, en la historia por venir.
Transitorio, ya me voy, ya me regreso, estoy de paso. También en el reloj interno tiene varios husos horarios. Restaurantes, restaurantes pomposos, restaurantes malos, restaurantes carísimos, restaurantes mediterráneos, restaurantes asturianos, restaurantes cubanos, restaurantes cubanos, restaurantes cubanos, areperas, chucherías venezolanas, bandejas paisas, lomos saltados, el milagro de una frita, bife de chorizo, chino maluco, japonés, tailandés, fusiones extrañas, buenas fusiones, fusiones horrendas. Playa, reggaetón, show off, océano, mucha gente, mucho tráfico, mucha luz. Gente que va a la playa a gritar y a tomarse fotos. Bibliotecas, bibliotecas públicas, carnet, bibliotecas espectaculares, bibliotecas históricas, espacios para leer, trabajar, conectarse, libros para llevarse, libros para consultar, libros para encargar, casa de libros, los libros te ofrecen su casa para que estés allí todo el tiempo que quieras. Hay más bibliotecas que playas en Miami.
Hijos, renacer, un lugar en el mundo, ningún lugar en el mundo, en cualquier lugar del mundo. Emigrar es un suicidio. Cocinar, hacer mercado, saber vivir bajo la lluvia, ir al cine, ver vídeos, cantar, ver crecer a tus hijos, viajar y volver. Que tus hijos sean bilingües, biculturales. Que tus hijos tengan su vida, que seas feliz por aquello de lo que son capaces tus hijos. Que seas culpable por lo que no tuvieron tus hijos.
Aeropuerto, llegadas, partidas, vacío, tráfico, alegría, tristeza, olores, terrorismo, calor, estacionamiento, carros perdidos, regreso, nunca regreso, confusión, quien me espera, de dónde salí, 24 horas, cuartico. La lámpara es mágica sólo si sales de ella. Amor, divorcio, ilusión, separación, soledad, años, paternidad, familia, el mundo en los hombros, poder o poder, no poder y hundirse, escribir y madrugar, querer y ser querido, perdonar y perdonarse, amar y pedir perdón. Ser indigno no es lo mismo que indignarse. Ser digno, algún día.
Ser hermano de la señora que limpia, ser guatemalteco y hondureño, dejar que tu asistente cubana sea tu jefe, ser el jefe del presidente americano de la corporación, hermano de tu ejecutiva colombiana, asesor de tu jefa, ser vigilante, trabajador de mudanzas, viajero de hostales, conductor de Uber, mesonero, vecino que saluda, vecino que saluda sin recibir saludo y el último que se va de la fiesta. Saluda que algo queda.
Miami es un domingo, es un viernes, es el retiro y la pubertad, calles para llenar de significado, es el mundo todo y también su ausencia. Una ciudad tumultuosa y el más provinciano de los pueblos. Todos los idiomas versionados. Miami es el baile y el mar. La paciencia del cocodrilo y el pantano y el barullo de la noche. Estrellas. Serpentinas. Soledad. Ruido. Hay más iglesias distintas en Miami que etnias en todo el planeta.
Lujuria insomne
Yo me consideraba un tipo liberal y de buenos modales hasta que, al anunciar que me casaría, un grupo de amigos me hizo asistir a una fiesta de solteros cuyo propósito era, además de celebrarme, que todos ellos se divirtieran yendo a bares de bailarinas por toda una noche de pronóstico reservado. ¿La jornada era un tour sorpresa cuyo itinerario yo desconocía por completo. Claro que pronto empecé a intuir que no sería una noche santa. Nos conseguimos en casa de Mario y ahí llegaron como veinte tipos (no todos amigos míos pero todos muy amablemente me querían agasajar). Ni una mujer.
Como si estuviéramos en una fiesta cualquiera, además de cuchichear entre ellos (finiquitaban los destinos de la noche) se me acercaban para brindar y me servían tragos frecuentes y variados, haciendo preguntas pseudo-existenciales del tipo «qué se siente que te vas a casar». Recuerdo que la casa de Mario estaba en un pequeño edificio de varias viviendas, detrás de un modesto bosque, que está en la esquina de Bird Road y Le Jeune. Era un sitio privilegiado, increíblemente céntrico (Coral Gables, al lado de Coconut Grove y en la propia 40, cerca de la US1 y literalmente de todo) pero escondido y resguardado por árboles centenarios que, además de protegerlos del sol, lo hacían del ruido.
Intempestivamente empecé a escuchar que estábamos listos, ya nos vamos, y a la puerta del edificio empezaron a llegar varios taxis (todavía no existía Uber, ni las aplicaciones, ni los teléfonos inteligentes). Nunca fui asiduo a bares de ficheras, bailarinas o prostíbulos. Empezando la adolescencia tuve una curiosidad más que natural y nos colábamos en los sitios caraqueños que se supone había que conocer. La verdad es que en su mayoría me resultaban un poco grotescos y, de verdad, ni risa me daban. Recuerdo uno en la avenida Solano, que se llamaba Club Le Paris. Éramos unos imberbes andrajosos que logramos entrar sin la edad, ni la vestimenta exigida, ni el dinero para comprar un solo trago. Pero apenas llegando, un short que volaba por los aires y que recién se había quitado una bailarina sobre una mesa cayó en la cara de mi amigo más alto. La sorpresa fue tal que el cuento lleva tres décadas en la memoria de quienes estábamos ahí, y todavía nos reímos.
Alguna noche desprevenida, con tan solo 15 años, deambulé solitario por la avenida Baralt, una zona central, convulsionada, oscura, de la capital venezolana, cuyos botiquines de quinta categoría albergaban faunas inesperadas, comerciantes de paso, camioneros, burócratas de segunda y sospechosos de toda índole. Esa noche fui atendido por ficheras como quien es un niño a quien hay que consentir. Pero pronto, muy pronto, la noche terminó a botellazos y yo salí despavorido. Unos pocos años más tarde, visité una casa de citas, elegante y de clientes pudientes de Caracas con mi hermano Alberto. Las muchachas que trabajan allí te abordan pidiéndote que les invites un trago para entrar en calor. Yo, que me hallaba muy fuera de lugar, muy pronto me encontré haciéndole una entrevista tipo estudiante de Antropología de la UCV a aquella mujer que, aburrida, me contaba de las penurias de su vida, de su hijo, mientras bostezaba, viendo que yo no pasaría de aquella terapia cliché no solicitada. Viendo el fracaso de la incursión, Alberto me sacó rápidamente de aquella lujosa cantina.
Así que mi background era poco prometedor.
Ya en los taxis, nadie tenía poco alcohol en la sangre. La primera parada fue el Tootsie. Todo un emblema de los locales nocturnos de striptease. Un local al noroeste arriba, en Miami, saliendo de Palmetto, un lugar alucinante. Es como entrar a un teatro enorme en el que los consumidores están en mesas y al centro hay un gran escenario iluminado. Un establecimiento caro donde se toma whisky por botella. Las mujeres eran todas rubias, la mayoría americanas, con contextura corporal de gimnasio. Unas profesionales. Se acercaban después de cada ronda de baile a buscar tips en billetes que podían meterse en las ligas de su ropa interior.
Diestras en el arte de la seducción, las mujeres de un local de bailarinas o striptease son inescrutables. Difícilmente usan su nombre real. Detrás de la sonrisa, sus gracias corporales o sus movimientos eróticos, hay distancia. Encarnan a diosas que extraen tu instinto más instintivo, pero lo que hay en ellas, nunca se sabe. Los muchachos pagaron un lap dance para mí y yo no sabía demasiado qué hacer. Pronto entendí que no tenía que hacer nada. La muchacha preguntó mi nombre y se lo dijeron. Pero nunca me habló. Al terminar la canción, se fue. Todos se divirtieron, ella también. Pasamos un rato ahí. Otros pagaron lapdances para ellos. Nos fuimos. Eran ya las dos de la mañana. Yo estaba contento porque se había acabado ese capítulo que me tenía bastante tenso.
Mientras conversábamos en el estacionamiento, esperando los taxis, salieron unos tipos y se entraron a golpes. Nos prevenimos. Los taxis llegaron. Y no sé cómo ni en qué momento, se había decidido que íbamos a un segundo lugar. Ya para esa hora mi alcoholímetro me tenía desorientado. Así que no sabía a qué parte de la ciudad manejábamos ni llegábamos (me faltaba mucho por conocer Miami). Luego supe que se trataba del Playmates Club. Un local más modesto, en Coral Gables, pequeño, en una calle ciega, detrás de ruinas de construcciones, con unos apartados y el escenario de las chicas más cercano. Ahí pedimos cervezas, pero nos fuimos pronto, pues cerraba a las 3:00 am. Yo, iluso, pensé, ahora sí. Pero no. Los muchachos consiguieron uno que estaba abierto hasta las 5:00 am, en Doral. De ese sí casi no me acuerdo. Mi imagen más precisa es la de Mario diciéndome que nos íbamos. Nos estaba sacando un fornido muchachote de seguridad. Carlos, otro amigo, había tenido una discusión con una chica que le estaba cobrando el baile de tres canciones y él, en la clarividencia que da el alcohol, aseguraba que eran solo dos, pero que ella se estaba aprovechando.
Una bailarina que trabaja en un club nocturno es una tipa bella y grácil, arriesgada y segura, capaz de animar e hipnotizar al hombre más deprimido. Pero no se te ocurra meterte con ella, porque te va a ir muy mal.
Al día siguiente, me desperté con la llamada de la esposa de Ryan para preguntarme si sabía dónde había dormido, pues Ryan no aparecía y estaba preocupada. Mi respuesta, aún alcohol-nublada, fue más preocupante aún: «¿Quién es Ryan?» Es el epílogo de aquella anécdota. Ese mundo de la noche y la venta de cuerpos no es un arte que me llame la atención. Y no es por pureza o porque me parezca sórdido. Quizás, simplemente, aunque luche contra ello, hay un remanente romántico en mi educación que preserva los contactos corporales a algo más que una transacción. Pero nada contra las transacciones, si ellas son voluntarias. Lo que sí es innegable es que ni el alma más pura sale ilesa de una noche de striptease. No hay manera de que desde la oscuridad no despierte el más involuntario instinto lujurioso. Y, claro, se puede controlar, pero de que se despierta se despierta. Luego vinieron otras despedidas. Fue una época limitada por el inicio de una etapa de vida. Pero a mí nunca dejó de llamarme la atención cómo, fundida y en camuflaje Ada entre nosotros, vive esta industria que abre las puertas a lo prohibido mientras nosotros trabajamos, hacemos deportes o llevamos a los chamos al parque.
Según reportes de prensa, existen unos cuarenta clubes de bailarinas en el condado de Miami. Me llama la atención ver que muchos de ellos no tienen la mayor discreción. Hay uno en plena US1, a la altura de South Miami, que siempre está atestado de carros y gentes. En Miami Beach, en el corazón de Washington Avenue, está el legendario club Madonna, siempre colmado de turistas. Desde afuera parece sórdido y decadente, aunque la observación parezca una redundancia. Buena parte de esas bailarinas de la noche (que cuando les provoca ofrecen servicios ilegales de prostitución voluntariamente) no parecen mujeres acabadas, ni deprimidas, ni desorientadas. Sino unas mujeres que se dedican a un oficio, cultivan sus cuerpos para eso y se cuidan de no correr más riesgos de lo que ya es natural. Toda esa creencia de que en una mujer que comercia con su cuerpo habita siempre la descomposición de la injusticia social puede ser, en muchos casos, más que relativa. Hubo un tiempo en el que fantaseaba con que cualquier muchacha que estuviese pagando su compra en el Publix, estuviese sentada en un restaurante o simplemente fuese en bicicleta, perfectamente podría ser una bailarina de club nocturno.
Otra cosa que me sorprendió aquellas noches es que la mayoría de las bailarinas parecía anglosajona, en una ciudad de población latina. Durante unos años en los que trabajé en Hialeah, todos los días me tocaba pasar por una parte de la autopista que colinda con un local protagonizado por «conejitas». Lo que más me llamaba la atención era que en sus letreros había ofertas de almuerzo por diez dólares. Es decir, hay quien sale de su trabajo a almorzar en un club de striptease. A esos, la lujuria no se les duerme durante el día. Justo en 2019, antes de que al planeta llegara la pandemia del Covid, el excelso periodista Martín Caparrós salió de gira a hacer crónicas de las grandes ciudades de habla hispana para el diario El País de España. Con su pluma aguda, curiosa y polivalente, hurgó en luces y sombras de porteños, cachacos, chilangos y más. Sus textos eran un viaje en sí mismos, en los que uno descubría, con él y su aventura, cada ciudad como un planeta nuevo, con nuevos ojos, encontrando pavor, regocijo, sorpresa y maravilla. Hasta que llegó a Miami. Con sorna, desgano y muy poco entusiasmo, el periodista argentino habló de las celebridades, del dinero ilícito, los centros comerciales, el mal gusto, los nuevos ricos y siga usted la lista. Caparrós no pudo vencer sus propios prejuicios y escribió un compendio de estereotipos que de seguro le hicieron quedar muy bien con los que, ni por asomo, ni siquiera incluirían a Miami en un tour de ciudades para hacer crónica. Pero el Caparrós que hablara un poco más del floreciente urbanismo alternativo de Wynwood, de los increíbles niveles de educación que ha desarrollado la ciudad, del movimiento de escritores que ha surgido, de su capitanía como sede de medios en español, de sus innumerables parques (es el tercer condado del país con más parques), de su inaudita composición demográfica o del extravagante orgullo con el que comparte vida con los cocodrilos. Miami es, para muchos, una casa de putas. A quienes se exhiben en ella los tildan de cabrones. El resto, prefiere venir a la fiesta y después que nadie lo reconozca en la foto. Si te he visto no me acuerdo. No quiero tener lazos afectivos contigo. Lo nuestro es solo de una noche. Y nadie (sólo Cristo, y ya sabemos cómo le fue) sale a defender a una puta.
Tardé casi una década en darme cuenta, pero me he propuesto recuperar el tiempo perdido: en realidad, es un enorme placer vivir en una ciudad tan puta como Miami. Ha sido ésta una urbe denigrada, de la que a cierta intelectualidad le encanta hablar pomposamente mal, como si dijeran algo muy importante u original; que no tiene dolientes públicos, porque la gente se avergüenza; que sirve de refugio a corruptos, compradores compulsivos y modelos de segunda categoría. Una ciudad sin mayor historia y sin linaje cultural. Ella, como las buenas meretrices, es así, desfachatada. Después de todo, se parece más a uno de lo que uno cree: es una ciudad desclasada, sin paradigmas a los que atender, con la herencia de los plebeyos. Lo mejor es que, por ende, quienes habitamos aquí somos unos bastardos. Seres de tradiciones rotas, raíces perdidas, desperdigados y mezclados, sin pureza alguna, ausentes de padrinazgos, con una ciudad cuya historia dice poco o nada, a merced del sol, los corales y los centros comerciales. Perdidos en el laberinto de otro. Es una ciudad sin épicas ni proezas, ligera de nacimiento y de cascos, escasa en monumentos, una ciudad que no conoce revoluciones. Tanto tormento con mi gentilicio venezolano, tanto dilema con sacarme el pasaporte, tanto esfuerzo por ser empático con la cultura que me recibió y da vida a mis hijos, y al final, lo tenía frente a mis ojos sin darme cuenta: yo lo que soy es un bastardo, un feliz y libre bastardo, esa es mi cultura, mi religión, mi patria y mi asidero: el hijo adoptivo ―para colmo de males― de una puta ciudad (que en su vida anterior tuvo un hogar, lo que encima le hace un bastardo nostálgico). Como si de tiempos premodernos se tratara, Miami es una ciudad-Estado. Un territorio con una cultura cuyos rasgos son la suma (o la yuxtaposición, más bien) de un territorio más grande que es propietario del espacio e impone sus leyes y normas, pero constituido por 112 nacionalidades, en un extremo del país por el que los fundadores de la ex colonia inglesa poco interés histórico tuvieron. Miami tiene un gran mérito que encantaría a trovadores y románticos: sus telescopios, periódicos, satélites y corazones miran al sur. Además de la política nacional y sus polarizados quehaceres, en esta ciudad nos ocupan los dictadores y tiranos caribeños, los salvadores carismáticos, la comida de todo el subcontinente latinoamericano, y la música que va de México a Argentina, pasando por NYC (otra capital latinoamericana, esa sí, una puta con cargo ejecutivo). Es como vivir en Epcot Center, es un museo de la nostalgia y un centro multicultural. Sólo si tienes cómo pagar.
Esta es también la capital de la frivolidad, la diversión vana, el mercado de drogas sintéticas y la casa del consumismo y el destierro. Si algún lugar debe parecerse al infierno, y lo hace con naturalidad, sin creerse matona (todo lo contrario, su aspiración es ser una ciudad de lujos, como narco que se respete), esa es Miami. ¿No es una virtud única?
No me había dado cuenta hasta hace nada de que, en realidad, es un enorme privilegio vivir aquí. Más allá de que ―claro que no es poca cosa― es un terruño que le ha ofrecido a uno, y a la gran mayoría de los que acá vivimos, empezar de nuevo, tener una vida para construir, hacer crecer a nuestros hijos con menos peligros que en nuestros lugares de orígenes, y sentirnos libres. Eso: en Miami uno se siente libre. Todo está por hacer. Nada es enajenadamente propio. Es una excepción cultural que todo lo acepta. Todo es de todos y nada es de nadie. Pero al contrario de los regímenes colectivistas, se trata más bien de una jungla. Este es el reino del sálvese quien pueda. Desde fuera, es más fácil despreciarlo para entenderlo. Los que estamos aquí, no tenemos otra opción que aprender a defendernos. Pero una vez que hallamos la forma, nos convertimos en unos orgullosos cocodrilos de pantano. Esta ciudad es una cualquiera. La María Magdalena de la geografía mundial. La despreciada, aligerada e ignorada por la prensa que genera opinión pública, el anatema de los románticos y los apocalípticos. El antilugar. La Casablanca sin película.

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