Un corresponsal de transición en transición

Recorrido de un periodista testigo de las transiciones de dictadura a democracia en España, Brasil, Chile y Paraguay. También relata, desde su experiencia en primera fila, el ascenso del autoritarismo en Perú y Venezuela

FRANCISCO R. FIGUEROA

En una de las tantas conferencias de gobernantes que cubrí, el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, tan dicharachero y dado a la desmesura verbal, soltó que mientras los mandatarios se la pasaban de cumbre en cumbre, los pueblos iban «de barranco en barranco». Parafraseando al difunto biznieto de Maisanta, conjeturo que yo me la pasé de transición en transición a lo largo de veinte años.

Millones de venezolanos sueñan con su propia transición, con ganar la libertad de golpe y, en consecuencia, numerosos exiliados con un pronto retorno a la patria perdida. Tras veinti- séis años extenuantes y mayormente destructivos, la desazón extrema es inevitable en las per- sonas que necesitan libertad, como también es irremediable la repugnancia que cualquier régi- men de fuerza produce en los demócratas.

Esas mismas emociones agitaron a mi generación en España, turbaban mis inicios en el periodismo y las sentí durante mis estadías profesionales en Brasil, Chile o Paraguay. También en Portugal, aunque mi tiempo en Lisboa fue ya durante la convalecencia final del sarampión revolucionario clavelino que padeció esa nación tras el sorpresivo derrocamiento (1974) de la dictadura que había comenzado en 1926, cuando Benito Mussolini proscribió los partidos políticos italianos y Adolf Hitler estaba aún a la búsqueda de financistas para la causa nazi.

Con independencia de cómo y cuándo sea derribada la autocracia autista que encarna Nicolás Maduro y se sustenta en el alto mando militar, la transición a la democracia en Vene- zuela llevará sin duda su tiempo. Veinte años no será nada en un tango de Carlos Gardel, pero en política es una infinidad. Venezuela está en el año veintiséis de una era que razonablemente puede ser definida como «la República Infausta».

Habrá transición sin duda porque no hay dictadura eterna ni caudillo inmortal. La propia historia venezolana enseña eso desde el arranque de la independencia nacional, aunque a veces hubo que esperar a que el tirano muriera en la cama, como fue el caso del general Juan Vicente Gómez, el mismo que tuvo engrilletado hasta su muerte al turbulento bisabuelo de Chávez.

Sin duda hay dictaduras pertinaces. La castrista cubana va en su año sesenta y siete, en manos de una gerontocracia decrépita y obstinada. La de Guinea Ecuatorial, con cuarenta y seis años, parece supeditada a la muerte del octogenario déspota Teodoro Obiang, si Teodorín, su ávido retoño, fuera neutralizado. La perdurable autocracia hereditaria norcoreana está en sus setenta y siete, firme, inquietante, impredecible, hermética, con el tercer Kim de la dinastía en el trono comunista de Pionyang.

El primer Kim de la saga norcoreana es venerado como «presidente eterno». Que ese apelativo no induzca al desánimo, como tampoco la longevidad extrema de los tres regímenes liberticidas citados. Más pronto que tarde los restos del «comandante eterno» Hugo Chávez van a ser sacados de su mausoleo del Cuartel de la Montaña y entregados a la familia, como sucedió con los despojos del dictador español, Francisco Franco, exhumado en 2019 de su sepulcro en el crucero de la basílica del Valle de los Caídos, su pirámide de faraón, donde yació más años de los treinta y seis que duró su régimen.

Caerá la autocracia vigente en Venezuela, pero el ideario chavista, aunque sea un credo de guardarropía, continuará sin duda perturbando indeterminadamente la convivencia entre los venezolanos. Exactamente como el franquismo, que aún hoy da intensos coletazos en España.

Como periodista he asistido in situ a seis cambios de régimen, cuatro de los cuales fueron transiciones de dictaduras a democracias y los otros dos, ascensos de formas de autoritarismo, es decir, «transiciones inversas»: en Perú, la eclosión del fujimorato, en un golpe (1992) del presidente Alberto Fujimori, coludido con la cúpula miliar y el servicio secreto, a los otros dos poderes del Estado, una perturbación que aún convulsiona los cimientos institucionales de esa nación andina, y en Venezuela al haraquiri gradual del ejemplar pacto de convivencia de 1958 y la conquista del erial político resultante por el ex teniente coronel Chávez, elevado en las urnas (diciembre de 1998) a la condición de salvador de la patria por dos de cada tres votantes, prácticamente.

En la transición española, en mis inicios profesionales, colándome en mi turno de madrugada por los escasos resquicios informativos que los compañeros del día dejaban, aprendí primero a dejar amarradas en la puerta de la redacción la ansiedad, mis propias convicciones y los miedos, y, en segundo lugar, sobre todo, el ejercicio del periodismo responsable. Escribí de aquella transición, pero tuvieron que pasar años hasta entender la relojería política del proceso, el trabajo en la sombra de los marionetistas y un cúmulo de intereses a favor del cambio político
sin espasmos que eran para el común imperceptibles mientras se desarrollaban los hechos.

Cada proceso que cubrí tuvo su propia ruta, sus peculiaridades y su tempo. Todos fueron facilitados por factores extranacionales. Ninguno se debió a la potestad de una figura providen- cial. En España la obra fue colectiva, determinada por circunstancias geoeconómicas y geoestratégicas, la imposibilidad de extender la pella franquista, un rey de origen anómalo que necesitaba legitimarse y una sociedad que no iba a tolerar un absolutismo monárquico.

El golpe de 1964 liquidó en Brasil la democracia personificada por un socialista mesurado. La vuelta a la normalidad política plena requirió un cuarto de siglo, desde la amnistía de agosto 1979 a la juramentación como presidente de Lula da Silva, en enero de 2003. En la foto, de Fernando Bizerra, el flamante presidente, en Brasilia, en octubre de 2003, en los preliminares de su primera entrevista como mandatario con el corresponsal extranjero Francisco Figueroa (foto: archivo personal del autor).

 


Artículo completo: https://lagacetavirtual.org/wp-content/uploads/2026/04/VF-Un-corresponsal-de-transicion-en-transicion.pdf

No Comments

Post A Comment