Por qué Cabrujas sigue ahí, mirándonos
Es el dramaturgo y guionista José Ignacio Cabrujas, capturado un día de 1991 en el sillón de su estudio en Los Rosales. Fallecería cuatro años más tarde. Sus ojillos contienen esa sorna escéptica, habitual en él. Resulta, hoy, dolorosa la sorna e inquisidor el escepticismo. Hay un acto cultural y una señora de Cárdenas ahí, también un Estado del Disimulo que ahora apenas puede llamarse Régimen…
Detrás de esos ojos sigue Omaira, condenada sin pudor a hundirse en el barro de Armero. Están El día que me quieras y una amistad eterna con Rafael Briceño. Hay talento y perspicacia antes de que lo atrapara la parca en una piscina de Margarita. Si te fijas más, notarás una pizca de dolor (no por el país sino por una maldita rodilla). ¿Acaso no hay recelo en esa mirada? Dicen que las fotos no encierran un instante. O no solo encierran un instante. Dijo en su periplo unas cuantas verdades, también pifió (como todo el mundo alguna vez) cuando pidió amnistía para los golpistas del 4-F. En todo caso, ¿por qué sigue Cabrujas mirándonos después de todos estos años, mirándonos como si desconfiara del fotógrafo, de todos los que algím día mirarán esa foto?
Decía que jamás necesitó de un monumento histórico; el pasado no le hizo falta. «Lo que me hace falta es mi pasado», escribió. «Caracas está construida sobre la base de una vieja manera de hablar de los caraqueños, de una vieja tradición caraqueña que es mientras tanto y por si acaso». Tenía razón. Ahora que Caracas se encuentra diseminada por el mundo, no hay manera de buscar monumentos alegóricos.
EL AUTOR
Alejandro Toro (abajo, en un autorretrato) lleva a sus espaldas un periplo profesional que comenzó cuando su cuñado, profesor de geografía, le regaló una de sus tres cámaras para que el chico saciara su apetito de jurungarla. Era una vetusta cámara de fuelle de los años cuarenta, una Franka de fabricación alemana: una antigualla por entonces y hoy en día, que la conserva, más antigualla todavía. El cuñado le regaló además una enciclopedia de fotografía de la Editorial Gassó, catalana. Eso y las explicaciones del cuñado bastaron para que Alejandro se entusiasmara.
Pero fue mucho después cuando pudo comprar un par de rollos 120 que venían en un tubito. Son negativos 6×6 centímetros. Se puso a pensar a qué tomarle fotos. Pasó cierto tiempo y un día vio algo en una revista. Se produjo un suceso hoy más o menos olvidado, la masacre de Tlatelolco (2 de octubre de 1968, Ciudad de México). Fue una escabechina estudiantil y a él le interesó el movimiento muralista de protesta que se desató a raíz del suceso, sobre las paredes de la ciudad, a gran escala. Vio un gran reportaje con fotos en una revista; el adolescente Alejandro, entonces, se dijo «he aquí tremendo motivo» y salió a las calles de Valencia (estado Carabobo) a fotografiar sus pintas, que no eran como las mexicanas pero también llevaban lo suyo. Sobre todo, las de izquierdas. En Valencia nació y vivió Alejandro hasta los 19 años. Además de ese motivo urbano, le llamó la atención el juego cambiante de las sombras entre los dos patios que había en su casa, a lo largo del día. Le parecieron, primero, dignos de ser dibujados los contrastes; luego, miró la cámara y pensó que tal vez sería mejor fotografiar tales escarceos entre la luz y la sombra.
Entre aquellas clases caseras por parte de su cuñado, las lecturas del libro de los catalanes y su propia inquietud sobre sombras y muros desarrolló una vena artística. Alejandro nunca sería un reportero gráfico, sí una combinación de varias cosas.
Ya en Caracas, el encuentro con un caballero argentino de apellido ininteligible (Daniel Skoczdopole se llamaba) lo catapultó. Daniel se convirtió en su tutor profesional y jefe, al contratarlo para sus propios trabajos, ya que el argentino era una autoridad en fotografía publicitaria y casi de inmediato, tras su llegada, recibió cantidad de ofertas. Entre ellas, de la agencia Corpa.
Resta por aclarar la circunstancia en que Alejandro fotografió a Cabrujas.
Un académico nacido en Uruguay, Alejandro Gómez, de ascendencia española y quien trabajaba en la Universidad Central de Venezuela como investigador en Humanidades, se hizo amigo de él. Un día se marchó a España (o se vino, según se mire); se radicó allí y quiso entrar como colaborador en algún medio impreso. Pero no lo conocían y no hallaba el modo de hacerse un lugar hasta que se le ocurrió un tema que fascinaba a los españoles por entonces: la telenovela venezolana. Estaban de moda la telenovela Cristal. Le propuso a Toro la tarea y Toro, que siempre ha tenido inclinación a trabajar en el «detrás de las cámaras», aceptó de inmediato. A Gómez le parecía de primordial interés el punto de vista sociocultural.
Se dedicaron a la tarea y así es como un día se citan con Cabrujas en Los Rosales, en la antigua casa de los Palacios ―que al parecer antes fue de los Zuloaga― heredada por la mujer de JIC, Isabel. Un caserón colonial. Pero la entrevista no fue allí sino en un estudio que tenía aparte Cabrujas. Toro fue con su Olympus analógica de 35 milímetros y rollos de 36 exposiciones. Trabajaba con diapositiva a color. Sin embargo, los personajes los trabajaba también en blanco y negro. JIC quería estar sentado, tenía un problema en la rodilla, le molestaba la ciática…; se ayudaba con un bastón. Cojeaba. «Me dijo que no podía estar mucho tiempo de pie, que se tendría que recostar porque la rodilla le molestaba; de modo que le hice fotos sentado o apoyado en el espaldar del sillón. Hice algunas sentado frente a una computadora. Un armatoste de los de entonces».
La foto fue hecha en abril de 1991, un día indeterminado de entresemana justo cuando caía la tarde, de eso se acuerda Alejandro Toro. El reportaje salió finalmente en una publicación del Ministerio de la Cultura español que ya desapareció. Es posible que se encuentre en algún archivo de la Comunidad de Madrid. /SN